domingo, 22 de febrero de 2026

 

Educar e instruir

Idalia Cornieles Díaz

Educar e instruir no son peldaños de una misma escalera, sino dos dimensiones de la existencia que hoy se baten en duelo en cada aula. Si entendemos la instrucción como la arquitectura del "saber hacer", nos encontramos ante una transferencia de capital técnico, datos y procedimientos que buscan la eficiencia; es el adiestramiento del intelecto para que el individuo sea funcional a un sistema preexistente. Sin embargo, reducir la enseñanza a la instrucción es un error ontológico profundo: es tratar al ser humano como un envase que debe ser llenado y no como un fuego que debe ser encendido, como sugería Plutarco. La instrucción se ocupa del "tener" —tener conocimientos, tener habilidades, tener títulos—, pero la educación se ocupa del "ser".

Lo ontológico de educar reside en que es un proceso de partería de la identidad y la libertad; es, en palabras de Hannah Arendt, [1]el acto de amor por el mundo que nos obliga a preparar al recién llegado para que sea capaz de renovar una realidad que nosotros ya hemos desgastado. Mientras la instrucción busca que el alumno se adapte al mundo tal cual es, la educación lo dota de la autonomía ética para cuestionar ese mundo y transformarlo. La tragedia de la vida de hoy es que el sistema burocrático confunde la formación con la mera acumulación de datos procesables, ignorando que una persona puede estar altamente instruida en el manejo de algoritmos y, al mismo tiempo, ser analfabeta en humanidad, carente de juicio crítico y dócil ante la injusticia.

La interrelación poderosa entre ambas ocurre en la "praxis", ese punto de fuga donde la técnica (instrucción) se pone al servicio de una intención moral superior (educación). No se puede educar en el vacío de contenidos, pues el carácter se templa enfrentando la complejidad del conocimiento, pero una instrucción sin el horizonte de la educación es simplemente una forma sofisticada de domesticación. En la era de la inteligencia artificial, donde la máquina ya posee toda la instrucción del mundo, lo único que nos queda como territorio puramente humano es la educación: la capacidad de decidir, desde la ética y la sensibilidad, qué dirección debe tomar ese conocimiento. Educar hoy es, por lo tanto, un acto de insurrección contra la instrucción mecánica, rescatando al alumno de la soledad del dispositivo para devolverlo a la comunidad del pensamiento libre, donde el maestro no es un operario del programa, sino el testigo y guía de un nacimiento espiritual constante.

En La crisis de la educación", publicado originalmente en 1954 y recogido en su obra Entre el pasado y el futuro.

Arendt sostiene que la educación es el momento en que decidimos si amamos al mundo lo suficiente como para asumir la responsabilidad por él y, de esa manera, salvarlo de la ruina que sería inevitable sin la llegada de los jóvenes, de los "nuevos". Para ella, educar es un acto de natalidad: cada niño que nace es una promesa de un nuevo comienzo, y la labor del maestro es proteger ese "nuevo inicio" frente al peso de lo viejo, sin imponerle un destino prefabricado.

Es una reivindicación del maestro investigador que, ante la soledad y la rigidez del sistema, transforma el aula en un laboratorio de democracia y ética. Defiendo una pedagogía basada en la experiencia y la autonomía, donde el docente no es un aplicador de programas, sino un guía que lee las emociones y necesidades de sus alumnos. Cuestiono la supervisión burocrática que prioriza la apariencia sobre el aprendizaje real, y propones que la asistencia permanente sea el eje de la aprobación, garantizando la mediación pedagógica necesaria para los más vulnerables. En esencia, busco dignificar la infancia y la profesión docente, rescatando el legado de la Escuela Nueva para formar ciudadanos críticos y libres, capaces de transformar su realidad frente a la instrucción Para Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar y uno de los pensadores más disruptivos de América, la distinción entre instruir y educar no era solo pedagógica, sino la base misma de la existencia republicana. Su visión es, probablemente, la más "potente y convencedora" para la realidad que planteo, ya que él entendía que instruir sin educar es formar esclavos hábiles.

Rodríguez(2001) sostenía que instruir es simplemente dar conocimientos para un oficio o una función técnica, algo que puede hacer cualquiera con un manual. Sin embargo, educar es crear ciudadanos. Para él, la educación es un proceso socializador que busca el "bien común". Su máxima era que no basta con saber leer y escribir (instrucción), si no se sabe para qué se lee y para quién se escribe (educación).

En su pensamiento, la interrelación es vital: la instrucción proporciona las herramientas, pero la educación proporciona la dirección ética. Él afirmaba que "instruir no es educar", pues se puede estar muy instruido y ser un "pillo" o un egoísta. La educación es lo que nos hace humanos y miembros de una sociedad solidaria.

Rodríguez(2001) planteaba que el error de las naciones era confundir la acumulación de datos con la formación de hombres. Instruir es una tarea mecánica que se queda en la superficie del intelecto, mientras que educar es una labor profunda que penetra en las costumbres y los sentimientos. Él defendía una educación "para todos", no como un acto de caridad, sino como una necesidad política: si no educamos a los que vienen, ellos se encargarán de destruir lo que hemos construido por pura ignorancia social. En la vida de hoy, la visión de Rodríguez es un grito contra la educación que solo busca fabricar empleados, recordándonos que el fin último de la escuela es "formar ciudadanos para la libertad" y no piezas para la maquinaria del mercado.

Esta aproximación me permite decir  que la síntesis final entre el pensamiento de Simón Rodríguez y el legado de la Escuela Nueva es el cierre perfecto para la reivindicación del maestro investigador. Al unir estos dos mundos, transformamos la teoría en una herramienta de combate contra la rigidez del sistema actual.

La interrelación se produce cuando entendemos que la Escuela Nueva (con figuras como Dewey, Freinet o Montessori) no hizo más que tecnificar y expandir ese grito original de Rodríguez: la educación debe partir de la vida y para la vida. Si Rodríguez nos advirtió que "instruir no es educar", la Escuela Nueva nos dio el "cómo" hacerlo en el aula: a través de la experiencia, el interés del niño y la democracia participativa.

En esta narrativa, el aula deja de ser una celda de instrucción mecánica para convertirse en una pequeña república. Aquí, la asistencia permanente que defiendo cobra un sentido trascendental: no se asiste para recibir una lección de datos, se asiste para participar en la construcción de una comunidad. Para la Escuela Nueva, el aprendizaje es un proceso social, y para Rodríguez, "entreayudares es la ley de las sociedades". Por lo tanto, el docente no "aplica" un programa; el docente media entre el saber técnico (instrucción) y la formación del carácter (educación), leyendo en las emociones de sus alumnos las señales de su autonomía.

Esta visión es hoy una forma de resistencia política. Frente a la burocracia que pide papeles, nosotros ofrecemos procesos; frente a la instrucción que busca dóciles aplicadores, nosotros formamos ciudadanos críticos. Es rescatar el "Inventamos o erramos" de Rodríguez para aplicarlo al laboratorio del aula, donde cada niño es respetado en su dignidad y cada maestro es dignificado en su labor de investigador de la realidad.

Objetivo General de este material

Reivindicar la figura del docente como investigador y guía ético, diferenciando la instrucción mecánica de la educación ontológica, para proponer una praxis pedagógica basada en la autonomía, la libertad y la formación de ciudadanía crítica en el contexto actual.

Objetivos Específicos

Analizar la dicotomía entre instruir y educar a partir de las dimensiones del "tener" (capital técnico) y el "ser" (identidad), exponiendo los riesgos de reducir la enseñanza a una mera transferencia de datos.

Fundamentar el acto educativo como un proceso de "natalidad" y responsabilidad política, integrando el pensamiento de Hannah Arendt para comprender el aula como un espacio de renovación del mundo.

Contrastar la instrucción técnica con la formación ciudadana según la visión de Simón Rodríguez, argumentando por qué el conocimiento sin dirección ética conduce a la formación de "esclavos hábiles".

Sintetizar los aportes de la Escuela Nueva con el pensamiento crítico latinoamericano, estableciendo la experiencia, la democracia participativa y el interés del alumno como herramientas de resistencia frente a la burocratización escolar.

Proponer la "asistencia permanente" y la mediación pedagógica como ejes fundamentales para dignificar la labor docente y garantizar el derecho a una educación humana, especialmente en sectores vulnerables.

Referencias Bibliográficas

Arendt, H. (1996). La crisis de la educación. En Entre el pasado y el futuro: Ocho ejercicios de reflexión política (pp. 185-208). Península. (Obra original publicada en 1954).

Dewey, J. (1995). Democracia y educación: Una introducción a la filosofía de la educación (L. Luzuriaga, Trad.). Morata. (Obra original publicada en 1916).

Freinet, C. (1970). La educación por el trabajo. Fondo de Cultura Económica.

Freire, P. (2005). Pedagogía del oprimido (2.ª ed.). Siglo XXI. (Obra original publicada en 1968).

Freire, P. (1997). Pedagogía de la autonomía: Saberes necesarios para la práctica educativa. Siglo XXI Editores.}

Larrosa, J. (2019). P de Profesor. Noveduc.

Montessori, M. (2003). El método de la pedagogía científica: Aplicado a la educación de la infancia en las "Case dei Bambini". Biblioteca Nueva.

Palacios, J. (1978). La cuestión escolar: Críticas y alternativas. Laia.

Piaget, J. (1964). Seis estudios de psicología. Seix Barral.

Rodríguez, S. (2001). Sociedades Americanas en 1828: Cómo serán y cómo podrían ser en los siglos venideros. Biblioteca Ayacucho. (Compilación de escritos originales de 1828, 1842 y 1843)



[1] Arendt, H. (1996). La crisis de la educación. En Entre el pasado y el futuro: Ocho ejercicios de reflexión política (pp. 185-208). Península. (Obra original publicada en 1954).

 

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