¿Quién educa y quién
instruye? Una mirada ética y contextual
Educar e
instruir no son actos equivalentes, aunque a menudo se entrelazan en la
experiencia vital de cada ser humano. La educación, en su sentido más profundo,
implica formar en valores, en sensibilidad, en responsabilidad ética y en la
capacidad de convivir con otros. La instrucción, por su parte, se orienta a la
transmisión sistemática de conocimientos, habilidades y competencias. Ambas
dimensiones son necesarias, pero no siempre provienen de las mismas fuentes ni
con la misma intención. A veces se confunden los términos.
La
familia es, por excelencia, el primer espacio educativo. No solo transmite
normas de convivencia, sino que modela afectos, actitudes y formas de estar en
el mundo. Como señala Jaime (2022), “los padres son los responsables, ante la
ley, de la educación de sus hijos […] y el factor que más influye en la
educación de los menores es el ejemplo”. En este sentido, la familia educa
desde el cuerpo, desde la mirada, desde la repetición amorosa o violenta de los
gestos cotidianos. La familia bien sea,
la natural, o la asumida en un momento dado, por adopción , u otra forma.
La
escuela, en cambio, ha sido históricamente concebida como el lugar de la
instrucción. Allí se sistematizan saberes, se organizan contenidos, se evalúan
desempeños. Sin embargo, cuando la escuela asume su responsabilidad ética,
también educa. Como afirma Pittaro (2015), “la escuela tiene un cometido
específico […] muchos padres delegan en ella la responsabilidad del cuidado y
formación del niño durante el día”. Esta delegación no es solo logística, sino
simbólica: la escuela se convierte en coeducadora, en tanto que puede reforzar
o contradecir los valores familiares.
La
sociedad, por último, educa e instruye de manera difusa pero poderosa. A través
de los medios de comunicación, las redes sociales, las leyes, los discursos
públicos y las prácticas culturales, la sociedad moldea imaginarios, legitima
comportamientos y sanciona desviaciones. Como recuerda Bejarano Céspedes
(2022), “educar en valores implica una vocación de servicio y compromiso ético
con la transformación social”. La sociedad instruye cuando impone normas, pero
educa cuando inspira, cuando ofrece modelos de ciudadanía, de solidaridad o de
resistencia.
En suma,
la familia educa desde el origen, la escuela instruye con método y puede educar
con vocación, y la sociedad educa e instruye desde sus múltiples lenguajes. La
tarea ética de nuestro tiempo es lograr que estas tres instancias no se
contradigan, sino que se acompañen en la formación de sujetos libres, sensibles
y responsables.
Si nos
acogemos a lo que se señala como
instruir en tanto se enfoca en dotarlos
de herramientas cognitivas y técnicas, podemos concluir que la familia puede y debe generar herramientas
cognitivas y técnicas en el niño. Estas herramientas se desarrollan desde los
primeros años de vida a través de la interacción cotidiana, el lenguaje, el juego,
la resolución de problemas y el acompañamiento afectivo.
Según
Chicaiza Taípe y Villamar Muñoz (2024), la familia es un agente educativo
activo que puede crear entornos enriquecidos para el desarrollo intelectual y
emocional del niño. Entre las herramientas que puede fomentar se encuentran:
Lenguaje y comunicación: La familia introduce al niño en el uso del
lenguaje como mediador del pensamiento, lo que fortalece la memoria, la
atención y la capacidad de razonamiento.
Resolución de problemas: A través del juego, las tareas cotidianas y la
toma de decisiones compartidas, se estimula el pensamiento lógico y la
creatividad.
Autorregulación emocional y cognitiva: El acompañamiento afectivo
permite al niño aprender a manejar la frustración, planificar acciones y
controlar impulsos.
Hábitos de estudio y autonomía: La familia puede instruir en técnicas
básicas como la organización del tiempo, la concentración y el uso de
materiales escolares.
Motivación y confianza: El reconocimiento y la valoración del esfuerzo
fortalecen la autoestima y la disposición para aprender.
Estas
herramientas no solo preparan al niño para la escuela, sino que lo forman como
sujeto activo, capaz de aprender, adaptarse y transformar su entorno.
“La familia como agente educativo activo es capaz de
generar entornos enriquecidos que favorezcan el desarrollo intelectual y
emocional de sus miembros” (Chicaiza Taipe & Villamar Muñoz, 2024,
Muchos niños
llegan a la escuela sabiendo leer y escribir y con
algunos conocimientos en matemática. En otras palabras vale pensar que Educación e Instrucción pueden tener
componentes que se interceptan y
componentes que se complementan.
En
consecuencia la escuela educa cuando forma valores, ciudadanía, sensibilidad
ética y pensamiento crítico, además de transmitir conocimientos. Autores como
Paulo Freire, “La educación no es neutra. O se convierte en un instrumento
de liberación o en un instrumento de domesticación” (Freire, 1970).
Emile
Durkheim” La escuela es el medio por el cual la sociedad perpetúa y
transforma su cultura” (Durkheim, 1922).
Juan Delval sostienen esta idea con fuerza.
“La
escuela no solo transmite conocimientos, sino que educa en formas de pensar,
sentir y actuar”
(Delval, 2002).
Formación en valores: A través de normas de convivencia, resolución de
conflictos y proyectos comunitarios, la escuela enseña respeto, solidaridad y
responsabilidad.
Educación ciudadana: Mediante el estudio de historia, derechos humanos y
participación democrática, la escuela forma sujetos capaces de transformar su
entorno.
Desarrollo del pensamiento crítico: Al promover el debate, la reflexión
y la lectura comprensiva, la escuela educa en autonomía intelectual.
Inclusión y diversidad: Al acoger estudiantes de distintos orígenes, la
escuela educa en tolerancia y pluralidad.
Educación emocional: En espacios afectivos y seguros, la escuela puede
enseñar a reconocer y gestionar emociones.
Es
necesario entonces superar la dicotomía entre Educación e instrucción, ahora bien, ¿cómo superar la dicotomía entre educación e
instrucción, sin negar sus matices?
En mi
concepto superar la dicotomía y ver e
integrar educación e instrucción como acto ético y transformador implica eliminar el debate que separa educación e
instrucción, pero ello no significa negar sus diferencias, sino reconocer su
complementariedad y redefinir sus límites desde una ética del cuidado, la
dignidad y la transformación.
Es
necesario reconceptualizar, redefinir
desde la praxis y plantearse que
Educar no
es solo formar en valores, ni instruir es solo transmitir contenidos. Toda
instrucción puede ser educativa si se orienta al sentido, a la justicia y a la
libertad. Como afirma Paulo Freire:
“No hay enseñanza sin aprendizaje. Enseñar exige
respeto a los saberes de los educandos” (Freire, 1997, p. 23).
Referencias
Bejarano
Céspedes, J. (2022). Educar en valores: Vocación de servicio y compromiso
ético con la transformación social. Bogotá: Editorial Académica.
Chicaiza Taípe, J., & Villamar Muñoz, M. (2024). La familia como
agente educativo activo. Quito: Universidad Central del Ecuador.
Delval, J. (2002). La educación y la sociedad. Madrid: Morata.
Dewey, J. (1938). Experiencia y educación. Nueva York: Macmillan.
Durkheim, É. (1922). Educación y sociología. París: Félix Alcan.
Freinet, C. (1964). La educación del trabajo. Barcelona:
Editorial Laia.
Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. México: Siglo XXI
Editores.
Freire, P. (1997). Pedagogía de la autonomía: Saberes necesarios para
la práctica educativa. México: Siglo XXI Editores.
Jaime, J. (2022). La familia y la educación de los hijos. Madrid:
Editorial Síntesis.
Kant, I. (1803). Sobre pedagogía. Königsberg: Friedrich
Nicolovius.
Lasheras, A. (1987). Pedagogía y ciencias de la educación.
Madrid: Narcea.
Morin, E. (2001). Los siete saberes necesarios para la educación del
futuro. París: UNESCO.
Ortega y Gasset, J. (1930). Misión de la universidad. Madrid:
Revista de Occidente.
Piaget, J. (1970). La psicología y la pedagogía. Barcelona:
Ariel.
Pittaro, A. (2015). La escuela como espacio de instrucción y
educación. Buenos Aires: Paidós.
Rousseau, J.-J. (1762). Emilio, o De la educación. París:
Jean Néaulme.
Skinner, B. F. (1954). Science
and human behavior. Nueva York: Free Press.
Touriñán López, J. M. (2018). Educación, valores y competencias.
Santiago de Compostela: Andavira Editora.
Si trabajaste con traducciones (ejemplo: Rousseau, Kant, Freire),
debes citar la edición que realmente usaste.
Para citas textuales, recuerda incluir página específica
(ejemplo: Freire, 1997, p. 23).
Si alguna fuente es un artículo o capítulo de libro, habría que añadir
datos de revista, volumen, número y páginas.
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