jueves, 2 de mayo de 2019

LA CIUDAD PEDAGÓGICA.
Cornieles y Haffar
La vida no es caótica, y descubres que la armonía del vivir se hace en la convivencia, en la aceptación del otro (Maturana, 2008:22). El mundo en que vivimos es el mundo que nosotros configuramos y no un mundo que encontramos. (Ibídem pop: 30)
Este texto, sobre la ciudad pedagógica, es el producto de nuestro convivir con otros, tratando de vivir en ellos y con ellos. Es el producto de nuestro conversar a la manera de Maturana con nuestros pensamientos y la necesidad de convivir con nuestras necesidades. Convivir aceptando al otro porque así lo legitimamos como ser, como persona y de paso nos legitimamos a nosotros mismos. Dedicados a la educación por más del 70% de nuestras vidas no nos extrañamos de interrogarnos sobre la problemática de la necesidad de formar al hombre. Muchas son las preguntas que nos hacemos y variadas sus respuestas. Ahora bien, en el avance de la comprensión del papel de la educación en la formación del hombre han surgido numerosas teorías y esquemas valorativos, y casi todas ellas haciendo alusión a esa necesidad. Para nosotros como parte de nuestra profesión hemos tenido que participar en numerosas comisiones que trabajan para clarificar ese problema de la enseñanza, y nosotros mismos hemos contactado con mucha angustia la calidad de los alumnos que recibimos. En su mayoría provenientes de los sectores menos favorecidos, pues hasta el momento hemos trabajado muy poco en instituciones privadas de minorías más beneficiadas. De tal manera que el camino que hemos recorrido nos ha llevado a este texto, cada vez más convencidos de la necesidad de formar al hombre desde el hombre mismo. Nosotros observamos que cada vez pareciera que el hombre se distancia de sus semejantes, se aísla, y convierte su vida en un eterno monólogo a pesar de que los medios tecnológicos nos unen. Cada vez más, marchamos a pasos agigantados hacia la hiperespecialización, hacia la desfragmentación del conocimiento que nos impide ver el bosque, y solo vemos las hojas de los árboles. Pareciera que la interdisciplinaridad fuese una utopía, y como dice Moran (2001) pareciera imposible de aprender “lo que está tejido junto”. Nosotros nos acercamos con mucha timidez a lo que hemos llamado la ciudad pedagógica en un empeño por tratar de mirar a un hombre humanizado.

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