viernes, 24 de mayo de 2019

Los pupitres

LOS PUPITRES. ABAJO LOS PUPITRES.
Una de las cosas que más me ha impactado en mi vida como docente es la distribución y uso de los pupitres.
Mi pre- escolar fue con mesitas y sillas, pero no duré mucho en él. Cuando me inscribieron en preescolar, llamado Kínder, en mi época infantil, leía de ‘’de corrido’’ y mi letra era cursiva, me habían enseñado en su ‘’escuelita paga’’ mi tía Trane y mi tía Ica, por tanto, era una niña que sobraba en un curso donde el objetivo era otro. Así que pasé a primer grado. Un grupo como de 40 niños. Los pupitres eran pegados, uno de otro, por tanto nos sentábamos allí tres niños. Gracias a Dios siempre estuve en el extremo, así me movía con facilidad.
Estos pupitres estaban alineados , formando filas y columnas. Siempre tenía frente a mí la espalda de mi compañero de adelante, y mi espalda era el frente del que estaba detrás de mí, y así hasta llegar al último , que le daba la espalda a la pared.
Jamás se movían aquellos pupitres, salvo cuando lo hacía la persona que limpiaba el salón.
En este sentido, mis amigos eran, los que compartían el pupitre conmigo, y así para todo el salón.
¿Cómo fomentar , en tan difícil posición la amistad en un salón de clases ?.
Me di a la tarea de preguntar a varias personas, si recordaban a sus compañeros de clases, y casi todos recordaban a los que estaban en el pupitre que compartían, al que estaba a la derecha o a la izquierda, cuando dejaron de funcionar esos pupitre compartidos, y apareció el pupitre individual.
Ese también es horrible, ahora, pasamos de observar tres espaldas a observar una. Por lo general nuestros amigos, están a nuestro lado, los demás están allí. En sexto grado ,me tocó ser la que revisaba si todos traían la tarea, así que iba por todo el salón, y recuerdo ,perfectamente ,después de casi 50 años, a todos y cada uno y donde se sentaban. No obstante, mis amigas, estaban sentadas a mi derecha y a mi izquierda. Después de unos cuantos años, encontré a uno de esos compañeros, lo llamé por su nombre, le dije el puesto que ocupaba en el salón de clases, se rió, no me recordó, sino cuando le dije, que yo revisaba si había llevado la tarea. Mi nombre no le era familiar. No me recordó. Posteriormente, me encontré a otro compañero, estudió conmigo el cuarto año de bachillerato. (25 años después) y me acerqué a él y le dije:
Usted estudió cuarto año en tal fecha, en tal liceo, y venía de la Escuela Naval. Ud. Se llama Manuel y agregué su apellido. Estaba con su esposa, y se sorprendió. La esposa me dio una mirada que casi me fusila. Él muy nervioso me preguntó ¿Cómo sabe ud eso?.
Sencillo, Ud. estudió conmigo hace más o menos 25 años.
¡Qué buena memoria! fue lo que dijo.
ADVIERTO, fui una de las mejores alumnas de mi bachillerato, yo creía que a los buenos alumnos se les recordaba siempre.
Un excelente alumno, mi compañero de primaria, brillante, inició sus estudios universitarios, cuando ya yo era profesora universitaria, cuando supo que yo era la profesora, no aceptó ser mi alumno y se retiró.
Luego encontré a otra joven que estudió sexto grado conmigo, solo me hablaba para decirme aquí está mi tarea. Muchos años después se hizo maestra, en la escuela normal donde ambas estudiamos. Jamás nos dirigimos la palabra. Luego ella fue a trabajar en una escuela donde trabajaba una amiga mía, e hicieron una excelente amistad. Y mi amiga se sorprendió, cando le dije que esa muchacha y yo habíamos estudiado sexto grado en la misma escuela.
De todo ello, puede haber muchas razones que expliquen la situación, pero yo pongo la culpa en cierta forma,en el pupitre y su forma de distribuirlo en el salón de clase. Por lo general tenemos puestos fijos y nadie osa quitarnos dicho puesto. Por tanto solo hacemos amistad con el que tenemos al lado.
No he visto a ningún docente que obligue a los alumnos a ocupar un puesto diferente cada día, a fin de que los alumnos traben amistad.
Recuerdo una de mis experiencias más terribles, cuando me inicié como docente. Llegué el 16 de octubre, trabajé 15 días en quinto grado, y luego me enviaron a un cuarto grado. Pensé que tal vez no me vieron condiciones para asumir el quinto grado y por ello me dieron un grado menor me dolió, me sentí herida. Pero la razón fue otra. Ese cuarto grado albergaba todos los alumnos aplazados, los que expulsaron de otras escuelas, los que nadie quería, los de padres conflictivos, los que tenían entre 13 y 16 años. Todo lo que nadie quería estaba allí. Estudiaba en el liceo mi último año de bachillerato entre 6.10 pm y 11.10 de la noche. Así que salía de mi casa a as 11 de la mañana y retornaba a las 11.30 pm. El salón me lo asignaron porque llegaba una maestra nueva, después de mí, la cual era amiga de la subdirectora, y ella no castigaría a su amiga. Hablé con mis padres sobre ello, y me aconsejaron, ‘’háblale a esos muchachos, hazle sentir que valen, que sientan su arraigo al salón de clase, que sientan que valen por ellos mismos’’. ¡Qué difícil!. Yo también era una adolescente, dos años mayor que ellos. Lo primero que hice fue romper grupos, los sentaba todos los días en puestos diferentes. Los obligué a formar equipos cada vez diferentes. Monté bailes con grupos distintos. Formé grupos deportivos que toda la escuela tenía menos ellos. Cuando sentí que se conocían, les hice saber lo importante de querer su grupo, su salón, de sentir que podíamos competir con otros, de ganar con nuestro equipo. Pegar gritos para que ganara nuestro salón. Todos nos conocíamos y formamos un solo grupo. Si los pupitres no se mueven nosotros si nos movíamos. Amé a ese grupo de alumnos 63. Y Hoy recuerdo 40 nombres, 23 se me escaparon de la mente, he tenido más de 5000 alumnos. De aquello hacen un poco de décadas, no digo cuantas, soy una dama y como toda mujer no me gusta u me recuerden que me estoy poniendo vieja,

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